La violación de niñas indígenas en el Guaviare, racismo más cultura de la violación

Protesta frente al batallón del ejército en Bogotá por la violación de una niña indígena embera en 2020.

Recientemente la prensa internacional ha puesto el foco en los abusos contra niñas indígenas en San José del Guaviare. Niñas entre los 7 y 15 años, principalmente de las etnias indígenas Nukak Makú y Jiw, son forzadas a una vida de explotación sexual (“makuseo”), a tan solo cinco cuadras del ICBF (la institución estatal encargada de velar por la niñez y que en la región es dirigida por un ex militar). La mayoría de los abusadores son militares desplegados en los batallones cercanos a los asentamientos de los indígenas. Ante los ojos de todos, estas niñas son obligadas a prostituirse a cambio de unos pesos, o comida y guarapo, o una dosis de pegante químico que inhalan para paliar el hambre.

Niños y adultos indígenas durmiendo en una calle de San José del Guaviare

Y no queda en eso: el 20 por ciento de los embarazos atendidos en el hospital de la ciudad son de indígenas menores de edad. En los últimos cuatro años, 69 niñas Nukak, entre 10 y 14 años han resultado embarazadas. Y la Fiscalía aún investiga las 378 violaciones a niñas y mujeres indígenas reportadas en Guaviare entre 2018 y 2020. 118 militares son investigados.

Estos abusos se han perpetrado durante varios años y casi siempre son cobijados por impunidad. Y no solo en el Guaviare. Fue muy notorio el caso de secuestro y violación colectiva de una niña indígena de la etnia Embera Chamí, de Pueblo Rico, Risaralda, cometidos por soldados del Ejército en 2020. La niña fue secuestrada el domingo 22 de junio y violada por un número indeterminado de soldados. Fue encontrada la noche del lunes cerca de un colegio de la zona y la trasladaron al hospital.

No es un asunto local. En mayo de 2022, en Paraguay, un pastor evangélico acusado de abusar de 10 niñas de la comunidad indígena Aché, en el departamento de Alto Paraná, fue sentenciado a 27 años de cárcel, dada la “triple vulnerabilidad” de las víctimas, como mujeres, niñas e indígenas. En noviembre, en Argentina, el feminicidio de dos niñas de la etnia Wichí, de 12 y 14 años, hizo que las mujeres indígenas se alcen contra el “chineo”, la violación en grupo de niñas y mujeres indígenas, una práctica que se remonta a la época de la conquista española (los españoles comenzaron a llamar chinas a las indígenas por sus ojos rasgados), pero hoy continúa. En algunos casos, el delito es perpetrado por “grupos de varones que se dirigen al monte y cazan a adolescentes y niñas, a las que corren, persiguen, derriban y violan”.

Existe una cultura de la violación

Protesta en Argentina contra la violación en grupo de niñas y mujeres indígenas conocida como “chineo”. Abril, 2022.

Durante 2022, se reportaron a Medicina Legal 17.106 casos de violencia sexual a menores de 14 años en Colombia. Pero la cifra real se estima en el triple. De los 17.106 casos, 1.800 menores tenían entre 0 y 4 años de edad; 4.292 tenían entre 5 y 9 años, y 11.014 tenían entre 10 y 14 años de edad. El Dane reportó que en el 2021 se registraron en Colombia 4.708 nacimientos en niñas de 10 a 14 años, un 19 % más con respecto al 2020.

No es solo en las zonas remotas del país. No existe ningún lugar, ni en la calle ni en la casa, ni en el campo del país o del mundo, donde las mujeres y niñas no corran el peligro de ser violadas, donde no las culpen y deprecien por ser violadas, donde no les digan que deben superarlo. O donde no reduzcan a la mujer a ser una incubadora de niños, obligada contra su voluntad a dar a luz por la vergüenza, la coacción o la fuerza. O donde no sean ilegales o bajo agudo ataque el aborto y hasta el control de la natalidad. O donde no opriman, golpeen, encarcelen, insulten, ultrajen, abusen, hostiguen, exploten, asesinen, escupan, tiren ácido, manoseen, humillen o sistemáticamente desprecien de otras formas a las mujeres y las jóvenes.

Existe una “cultura de la violación”, su normalización social, por la existencia de creencias, estereotipos y conductas que generan y alimentan la idea de que las mujeres y, por tanto, sus cuerpos, son propiedad del hombre. La cultura de la violación está constituida por todas aquellas creencias, pensamientos, actitudes y acciones basadas en estereotipos de género —como culpar a las víctimas, relacionarlo con cómo visten o qué hacen o banalizar cuestiones como el acoso—, y alimentadas a su vez por la publicidad, el cine, la música, la pornografía, la cultura, la educación o la falta de ella, o los discursos machistas: “las mujeres dicen ‘no’ cuando quieren decir ‘sí’”, “iba vestida como una puta”, “¿por qué no se fue de allí?”, “con los hombres ya se sabe”, “estaba borracha”, “si eres buena chica, no te va a ocurrir nada” o “solo las chicas malas son violadas”, “cualquiera que luche lo suficiente puede resistirse a una violación”.

Pero esta violencia y degradación, crueldad y salvajismo, no son simplemente el comportamiento depravado de un puñado de hombres. Tampoco es simplemente “la naturaleza humana”. Se trata de la naturaleza de muchos de los hombres formados por el sistema en que vivimos, el sistema global del imperialismo, en el cual el patriarcado (la dominación de las mujeres por parte de los hombres) está entretejido o “naturalizado” en sus raíces, sus tradiciones, su “moral” y su cultura.

Esta violencia es producto directo e inevitable de un sistema que requiere de la posición subyugada y degradada de la mujer en sus formas feudales y medievales y en sus formas “modernas” y hasta posmodernas. No se puede separar estas violaciones de las relaciones más amplias en el mundo donde cada año millones de mujeres y jóvenes son secuestradas, engañadas, vendidas por familias hambrientas y maltratadas en la red global de esclavitud sexual y donde han condicionado a millones de hombres a ver a la mujer como nada más que un trozo de carne para consumir, envilecer, brutalizar y descartar.

Protesta en Paraguay contra la violación por un pastor evangélico de varias niñas indígenas del pueblo indígena Aché

Este violento terror y degradación de la mujer es una piedra angular y un aglutinante importante de todas las sociedades de clases. Y en este momento, se intensifica rápidamente y de manera agresiva. Esto tiene que ver con la integración social normalizada de la pornografía de violaciones. De la música que se burla de las mujeres como “perras” y “putas”. De las escrituras bíblicas que celebran la violación como una recompensa de guerra. De la “cultura de machos” promovida por entrenadores deportivos y profesores de educación física, así como en las salas de juntas y en los batallones militares. De la cultura de clubes eróticos y “acompañantes” que prevalece en los ambientes “ejecutivos”. De los profesores, jefes y otros en posición de autoridad que exigen u obligan “favores sexuales”. De las hordas de hombres que acosan a las mujeres en las redes sociales. Es esencial que la gente se oponga firmemente a toda esta cultura de la violación, violencia y degradación contra la mujer.

y un racismo estructural

En el siglo XX cuando terratenientes y colonos del interior comenzaron la invasión del Llano, las matanzas se convirtieron en algo habitual. Los indígenas acostumbrados a la libertad de las sabanas en su vida nómada no soportaban las cercas que habían levantado los nuevos pobladores y las saltaban, en pos de las presas de las que se alimentaban. Los terratenientes organizaban partidas de caza. Asesinaban sin compasión. De esta criminal costumbre surgió el verbo “guajibiar”, para designar esta práctica que hasta la década de 1970 era común en el Llano, disputándoles y reduciéndoles a los indígenas sus espacios de hábitat tradicional.

En esto también hay casos emblemáticos. En La Rubiera, en un sitio fronterizo con Venezuela, en diciembre de 1967 unos vaqueros de la región dieron muerte a 16 indígenas Cuiba (de la familia Guahibo o Sikuani), dos indígenas sobrevivieron y por ellos se supo de la masacre. Cuando las autoridades de Colombia y Venezuela iniciaron la investigación, todos los procesados confesaron espontáneamente su participación, pero afirmando que “no sabían que matar indios fuera malo”, porque “los indios no tienen alma”. Y no solo cuestión de “gente rústica”. Un juez de Ibagué, donde se realizó el juicio, avaló ese argumento para absolver a algunos de ellos.

En el trasfondo de todo esto se puede percibir el llamado racismo biológico, la creencia pseudocientífica de que existen pruebas que apoyan o justifican la discriminación racial, la inferioridad racial o la superioridad racial, creencia que tuvo credibilidad incluso en la comunidad científica: en 1950 el premio Nobel de física William Shockley proponía esterilizar a los negros por razones eugenésicas; en 2007 el bioquímico estadounidense James Dewey Watson afirmó que la inteligencia de los africanos era inferior a la de los occidentales.

Y entre la gente común caló de manera significativa particularmente entre los grupos conservadores. Y aún sigue calando. Una investigación de 2017 se constataba que en Francia un “joven percibido como negro o árabe” tenía veinte veces más posibilidades de ser raqueteado (requisado) por la policía ―y muchas menos de ser contratado por una empresa. En una encuesta realizada en Alemania en 2005 la mitad de los preguntados decían sentirse amenazados por la inmigración.

En la década de 1990, cuando salió el libro The Bell Curve (La curva de la campana), el pensador y líder revolucionario Bob Avakian escribió acerca de las ideas seudocientíficas de Charles Murry: “Una tras otra, la gran prensa difunde y legitima toda clase de ‘teorías’ e ‘investigaciones’ que dizque demuestran que existen diferencias innatas e inmutables entre las razas, los géneros y otros grupos sociales, y que explican por qué unos se merecen posiciones de privilegio y otros no. Luego afirman que eso es ‘prueba científica’ de que los programas que se proponen nivelar esas desigualdades están condenados al fracaso y hay que eliminarlos. Pero la verdad es que lo único que prueban esas ‘teorías’ y esas ‘investigaciones’ es el innegable descrédito de un sistema y una clase dominante que están abandonando hasta la apariencia de poder superar enormes desigualdades, y más bien tienen que inventarse ‘profundas razones’ por las que no pueden superarlas”.

Y también existe una salida real

El machismo, el patriarcalismo y la prevalencia de estereotipos sexistas, así como la discriminación histórica conectada al tejido socioeconómico, a la estructura de clase, son causantes de la tolerancia social frente a la violencia contra las mujeres y niñas en todas sus dimensiones, física, psicológica, sexual, económica y otras. En el país subsisten prácticas nocivas a las comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas en el país relacionadas con el conflicto armado, la persistencia del reclutamiento forzado de niñas, niños y adolescentes, así como el secuestro, la violencia sexual, el confinamiento y el desplazamiento.

Las “salidas” planteadas por lo general se limitan a lo que se considera posible en las condiciones del mundo de hoy. Pero lo que es necesario es que discutamos cómo podríamos poner fin a todo este abuso de una vez por todas y no sobre “qué podríamos hacer para que la ley funcione mejor para las mujeres y niñas maltratadas”, ni cómo “empoderar” a las mujeres para que sobreagüen en la pútrida charca de este mismo sistema basado en la explotación y la opresión no solo de las mujeres sino de la inmensa mayoría de toda la humanidad.

Los muchos obstáculos con los que topan las mujeres y niñas en la búsqueda de la justicia en los tribunales y de parte de la policía y lo que esto enseña es que, en esencia, no se trata de que haya o no policías individuales que se preocupen sinceramente por las mujeres, sino de que hay un Estado que impone cierto estilo de vida. Los tribunales, las leyes, y los agentes de la ley y el orden, son parte de ese Estado que impone un sistema y una sociedad en que la dominación masculina es un elemento integral a todos los niveles. No es cuestión de la naturaleza humana sino de la naturaleza del sistema del capitalismo-imperialismo, el cual no puede eliminar el patriarcado.

Y la sistemática violación de niñas indígenas Nukak y Jiw en el Guaviare, con muchos responsables militares, concentra lo horroroso de este sistema capitalista-imperialista y el patriarcado que domina a nivel global.

Bob Avakian ha dicho que la frecuencia de las violaciones sería motivo suficiente para hacer una revolución, aunque no existieran todos sus otros monstruosos crímenes e injusticias. La violación formalmente va contra la ley, pero para todo propósito y efecto, en especial para los poderosos y sus agentes armados, la violación es una actividad protegida. La violación cumple una función importante en este sistema: aterroriza a todas las mujeres, las mantiene temerosas y constantemente les recuerda “su lugar”. Es un medio violento de hacer cumplir los muchos perversos privilegios y beneficios que se prometen para los hombres, para hacerles sentir que tienen, al menos, un interés en alguna parte del actual sistema. Eso es cierto, aunque a muchos hombres les desagrade y hasta repugne esta forma particular de opresión.

Es necesario luchar por un mundo en el que se hayan roto TODAS las cadenas. Pero desde ya busquemos tratar a las mujeres, los hombres y las personas de género diferente como iguales. No toleremos el abuso físico o verbal contra las mujeres ni el tratarlas como objetos sexuales, ni toleremos los insultos o “chistes” sobre el género u orientación sexual de las personas.

Ya es hora de empezar a vivir de esta manera. Y hay que vincular esto a la creación de una revolución total del tipo que podría arrancar de raíz y abolir la violación de una vez por todas. Hay que derrocar el sistema y hay que reemplazarlo con un poder estatal revolucionario radicalmente nuevo. No se trata de un sueño. Es posible. Pero en este momento, hace falta que usted participe.

¡ALTO a la discriminación y opresión de pueblos indígenas y negros y a todo tipo de racismo y xenofobia!

¡ALTO a la degradación, deshumanización y subyugación patriarcal de las mujeres y toda la opresión basada en la orientación sexual o de género!

¡Romper las cadenas, desencadenar la furia de la mujer como fuerza poderosa para la revolución!

Grupo Comunista Revolucionario, Colombia | enero de 2023 | comrev.co | @comrevco

Referencias

  • “Explotación sexual de niñas: la consecuencia invisible del ecocidio en el Guaviare”, Natalia Pedraza, El Espectador, 13-oct-2021
  • “La ley de la selva: niñas indígenas de la Amazonia colombiana son víctimas de violaciones sexuales en medio de una crisis alimenticia”, Gerardo Reyes, Univisión, 11-dic-2022.
  • “La tragedia de los nukaks en el Guaviare: abusos sexuales, prostitución, drogadicción, abandono y hambre”, Semana, 21-ene-2023.
  • “Investigan por explotación sexual de niños indígenas a 118 militares en Guaviare”, El Espectador, 11-ene-2023.
  • CIDH condena el secuestro y la violación sexual colectiva en contra de una, niña indígena de 12 años y la falta de investigación adecuada en Colombia”, Oficina de Prensa de la CIDH, 29-jun-2020
  • “Cuiviadas y guajibiadas: La guerra de exterminio contra los grupos indígenas cazadores-recolectores de los llanos orientales (siglos XIX y XX)”, Augusto Gómez, Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 25, 1998
  • “Argentina busca combatir el ‘chineo’, la violación en grupo de niñas y mujeres indígenas”, elpais.es, 10-jun-2022
  • “Paraguay: Denuncian que pastores evangélicos violaron y embarazaron a diez niñas indígenas”, mujeresdelsur-afm.org
  • “Dictan 27 años de cárcel a pastor por abusar de niñas indígenas en Paraguay”, EFE, 14-may-2022
  • “Desde Delhi hasta Ohio y por todo el mundo: ¡Si no luchas contra la violación, lo consentirás! ¡Necesitamos la revolución y un mundo completamente nuevo!”, Sunsara Taylor, revcom.us, 20-ene-2013
  • “Ultrajante violación en Stanford: ‘Motivo suficiente para hacer una revolución’”, Sunsara Taylor, revcom.us, 15-jun-2016
  • “En un mundo de violación y violencia contra la mujer, la promoción de la revolución y la dirección de Bob Avakian”, revcom.us, 25-sep-2014