Francia: el viento fresco de la revuelta impulsada por la juventud frente a un Estado que recurre a la fuerza para sofocarla

El siguiente artículo fue publicado en el sitio web Nouveau Communisme France. La traducción al español es responsabilidad de comrev.co.

Desde hace más de un mes, una rebelión a la vez alegre y tenaz, nacida del hartazgo, sacude a Francia. Inicialmente protagonizada por estudiantes de secundaria, exige más profesores y la renovación de escuelas deterioradas e insalubres, sobre todo en los barrios populares y en las ciudades “menos ricas”, además de oponerse a las dificultades para acceder a las universidades públicas a través de la plataforma Parcoursup. A partir del 31 de agosto en el territorio de ultramar de Mayotte y, posteriormente, el 18 de septiembre en la región parisina, los estudiantes comenzaron a bloquear más de 1.800 de los 3.700 colegios de Francia, levantando barricadas frente a sus centros educativos y organizando manifestaciones casi todos los días en todo el país. Estudiantes de numerosas universidades, así como padres y profesores, se sumaron rápidamente en apoyo al movimiento y para protestar contra la brutal represión policial ejercida contra los estudiantes de secundaria, la mayoría de los cuales tiene entre 15 y 18 años. Hasta el momento se cuentan centenares de heridos, algunos de extrema gravedad, más de 11.500 detenciones preventivas bajo custodia policial (garde à vue), y al menos dos manifestantes muertos, cuyas muertes el Estado se niega a esclarecer.

Posteriormente, en más de 100 ciudades francesas, desde Lille hasta Marsella y desde Nantes hasta Estrasburgo, se manifiestan en las calles todos aquellos que “están hartos”. Además de la reivindicación de una educación digna e igualitaria, la “convergencia de las furias” engloba, entre otras cuestiones, los recortes presupuestarios en otros servicios públicos (salud, pensiones, etc.), el encarecimiento del costo de la vida y los bajos salarios en el sector público, mientras el Estado aumenta anualmente en 6.500 millones de euros el gasto en defensa; también incluye un fuerte sentimiento contra la guerra y, en particular, contra el genocidio en Gaza, del que el gobierno francés y sus medios de comunicación son plenamente cómplices; la catástrofe climática; y la persistencia de violaciones y agresiones sexuales que son archivadas sin seguimiento judicial. En general, se observa que los ultrarricos son objeto de críticas (aunque no siempre estén claramente definidos como tales), así como un rechazo a la fascistización en pleno auge en Europa y en el mundo, ya sea canalizada en Francia por partidos de una “derecha” con múltiples rostros, por una “extrema derecha” o por un fascismo abierto, todos aspirantes al poder y vendedores de discursos antiinmigración y de un racismo desenfrenado. Como se escucha con frecuencia en las calles, resuena el canto italiano que se extiende por toda Europa: “Siamo tutti antifascisti”, es decir, “Todos somos antifascistas”.

Cientos de miles de personas salen así a las calles contra las perspectivas tan inquietantes como inhumanas de un futuro sombrío, perspectivas que en las últimas semanas han sido puestas de relieve por una juventud rebelde que se niega a someterse y que ha servido de chispa para otros sectores de la población de todas las edades, trascendiendo incluso las fronteras nacionales. Cantando y bailando al ritmo de tambores y orquestas callejeras, esta juventud enarbola innumerables pancartas hechas a mano sobre simples trozos de cartón, expresando todo ese malestar y las aspiraciones a un futuro mejor de una manera divertida y con una irreverencia refrescante frente al orden establecido. Pero esas consignas también contraponen, en ocasiones, la desesperación, el miedo y la pasividad a la urgencia de actuar. (Serie de fotografías).

La estrategia cínica del gobierno al frente de un sistema en crisis: mano dura y mentiras

En vez de fingir que se toman en serio a los estudiantes de secundaria, Macron y sus ministros han intentado frenar el movimiento “dejándolo pudrirse”, principalmente por dos vías: violencia policial extrema para intimidar a los estudiantes y a sus familias, y una red de mentiras difundida ampliamente por los voceros políticos y los medios de comunicación para tachar a los jóvenes de delincuentes y alborotadores. En el plano político, con el fin de reforzar la posición de “la derecha” de cara a las elecciones de 2027*, acusan a “la izquierda” electoral de haber organizado esta rebelión. Esta estrategia cínica e hipócrita se ha vuelto en contra del Estado, ya que el movimiento se ha ampliado de forma espectacular a lo largo de las últimas semanas, alcanzando los 800.000 participantes en toda Francia el 17 de octubre y durante la semana siguiente.

Durante las manifestaciones, los jóvenes levantan barricadas y numerosos contenedores de basura fueron incendiados, los cuales, junto con los frecuentes retratos dibujados de una “juventud en llamas”, se han convertido en un símbolo de la furia y el hartazgo en todo el país. En una atmósfera irrespirable, algunos manifestantes lanzan proyectiles, incluidos brócolis, contra los policías uniformados y de civil, quienes disparan sin cesar cantidades masivas de gas lacrimógeno. No solo se carga constantemente contra los jóvenes y se les golpeas constantemente, sino que la policía despliega cañones de agua y acorrala a los manifestantes para golpearlos con aún mayor libertad e impedirles marcharse. Utilizando también granadas aturdidoras y lanzadores de balas de defensa (LBD), la policía deja tuertos a menores, mutila rostros, arranca manos, secciona arterias y provoca múltiples amputaciones. A ello le sigue la vertiente del castigo penal, que incluye detenciones y retenciones abusivas contra adolescentes.

Aunque las manifestaciones se caracterizan en su mayoría por una energía y un ambiente de buen humor contagiosos, la furia se intensifica frente a la extrema violencia policial y los enfrentamientos. Al margen de las marchas, una minoría se deja arrastrar hacia actos de vandalismo contra pequeños comercios sin un objetivo político claro, al parecer, especialmente durante la noche del 17 de octubre; en ese momento, las “fuerzas del orden” desaparecen misteriosamente, dejando actuar a los responsables mientras las cámaras de televisión siguen grabando. En algunas ciudades, pequeños grupos de jóvenes a parecían tener como objetivo comisarías, alcaldías u otros símbolos del poder; otros se dirigieron contra marcas de lujo como Louis Vuitton, o buscaron alimentos para entregarlos a las personas sin hogar que duermen en las aceras o en el metro, centrándose sobre todo en la cadena Carrefour, objeto de un boicot internacional debido a las comidas que ofrece a soldados israelíes que están cometiendo un genocidio en Gaza. Ciertamente, estas escenas relacionadas con las personas sin hogar solo son visibles en las redes sociales.

¡Qué hipocresía que el Estado se indigne por los incendios de contenedores de basura, cuando utiliza armas de uso militar contra los manifestantes y Francia sigue siendo el segundo mayor vendedor mundial de material bélico, aviones de combate y misiles destinados a matar a civiles por todo el mundo!

Son esas imágenes de cristales rotos y llamas que se emiten por televisión y se difunden inmediatamente a nivel internacional, acompañadas de un relato fabricado según el cual los manifestantes son delincuentes a los que hay que castigar y hacer pagar, minimizando los ataques violentos y las provocaciones policiales, y apenas mencionando las reivindicaciones de los estudiantes de secundaria y universitarios. Esta distorsión sistemática de los acontecimientos difundidos por los medios de comunicación ha alimentado en gran medida la ira contra el Gobierno y la policía, movilizando aún más a la juventud y a las familias, a los sindicalistas, a los chalecos amarillos y a otros colectivos. Tras la participación masiva de los días 17 y 24 de octubre, el Estado va más allá, imponiendo toques de queda y prohibiciones de manifestarse, o delimitando los recorridos lejos de los centros urbanos y los lugares turísticos. Surge entonces una nueva oleada de indignación: el derecho a manifestarse, considerado sagrado en Francia. Al mismo tiempo, los grupos fascistas conocidos en Lyon desfilan libremente… y hay vídeos que muestran a milicias de “extrema derecha” con brazaletes blancos golpeando a jóvenes junto a la policía, según las informaciones, en quince ciudades…

La revuelta en Francia inspira a muchísima gente, tanto jóvenes como adultos. Se ha convertido en una chispa para otros movimientos estudiantiles en varios países europeos —entre ellos Italia—: ¡Facciamo como en Francia! —Bélgica y Grecia, que también luchan en el ámbito de la educación, y que además ha encontrado un fuerte apoyo por parte de las movilizaciones en España, que desde septiembre se rebelan contra la crisis de la vivienda, y que, a su vez, han desencadenado ocupaciones similares en Portugal.

“Contra el sistema”, pero ¿cómo oponerse realmente a él?

Este levantamiento pone de manifiesto, al mismo tiempo, la urgente necesidad de debatir las grandes cuestiones relacionadas con la oposición al sistema que suelen expresar los jóvenes y cómo actuar en consecuencia: ¿cuál es el origen de todas las desigualdades, injusticias y actos de violencia contra los que se rebela la gente en Francia y qué perspectivas hay para ponerles fin? Algunos lo achacan al capitalismo; otros, a las malas prioridades, a las decisiones presupuestarias o incluso a los políticos a los que no les importa la juventud ni su futuro.

En realidad, este sistema depredador —el orden socioeconómico actual, que es el capitalismo-imperialismo— se encuentra en el centro de todo lo que va mal en el mundo hoy en día y se enfrenta a sus propios límites, provocando la crisis más profunda desde la Segunda Guerra Mundial. Esto va de la mano de la democracia, cuya máscara de “protectora” de los derechos del pueblo se está desmoronando por todas partes —esa forma de gobierno que oculta, en el plano político, el funcionamiento “normal” de la explotación y la opresión en las que se sustenta el capitalismo—. Mientras es eficaz, la democracia sirve de barrera de seguridad para mantener y embellecer la ilusión de que el pueblo lo decide todo mediante sus “propias” decisiones en las urnas y a través de las libertades de expresión parciales, entre otras cosas. El fascismo, al que a menudo se alude en las manifestaciones, es también producto del capitalismo-imperialismo y, a su vez, busca preservarlo a toda costa, a su manera, mediante una dictadura aún más represiva y mortífera —sin máscara alguna—.

Muchas personas señalan, con razón, el peligro del fascismo en Francia y en Europa, pero, en nuestra opinión, sin reconocer claramente su rostro, que ya es una realidad en Estados Unidos y que se transmite constantemente en directo en nuestras pantallas; o bien se hacen eco de la tendencia a reducirlo a las palabras y los actos de un viejo chiflado. Aunque aún no se haya consolidado en el seno de la sociedad, la espiral fascista en Estados Unidos ya está dando pasos aterradores, no solo en las instancias del poder y sus aparatos represivos (como el ICE o la policía que secuestra y encarcela a los inmigrantes), sino también en las instituciones y en otros ámbitos. En lo que respecta a la educación, no es casualidad que el enfoque de la fascistización del siglo XXI al estilo MAGA se centre en los estudiantes y las universidades para intentar suprimir el pensamiento crítico (cancelación de clases sobre la esclavitud, despido de profesores que imparten clases sobre diversidad o sobre los crímenes pasados y actuales cometidos por los imperialistas estadounidenses —entre ellos los de Palestina y en todo el mundo—, prohibición de libros, recorte o supresión de los presupuestos de investigación, etc., etc.), además de criminalizar a los jóvenes que ocupan los campus o se manifiestan.

La situación social y política general en Estados Unidos es motivo de alarma. Pero también debería ser un llamamiento a los pueblos de Europa y del resto del mundo no solo para que luchen por derrotar al fascismo, por terrible que sea, sino para que participen en la eliminación de todo el sistema y lo sustituyan por otro fundamentalmente diferente y emancipador.*

Si realmente abrimos los ojos ante la naturaleza de la crisis profunda y generalizada del sistema —por definición, internacional— y su relación con la furia social que está provocando actualmente a distintos niveles en numerosos países, también hay que ver que la crisis y la toma de conciencia abren posibilidades para cambiar radicalmente la sociedad en sentido contrario al fascismo, a través de un movimiento revolucionario. El sistema no se derrumbará por su propio peso. Para deshacernos de él —así como de todo lo que hace sufrir a los pueblos de todo el mundo— habrá que cuestionar enérgicamente las ideas preconcebidas y adoptar un enfoque científico con el fin de transformar las formas de pensar actuales de la gente. Esto va de la mano de la urgencia de continuar con la resistencia, pero organizada sobre la base de una estrategia que apunte realmente a un mundo diferente y mejor —para toda la humanidad—: una revolución, sin dejarse confinar en el marco del sistema cuyo ADN lo prohíbe y sin esperar un giro electoral ligeramente hacia la “izquierda”, con el pretexto de soluciones fáciles. Hacer la revolución también exige ciencia, y el nuevo comunismo la ha desarrollado a un nivel completamente diferente: este es accesible para todas aquellas y todos aquellos que buscan descubrirlo y debatirlo… ayudando a disipar la niebla social que nos adoctrina sin tregua con la idea de que una revolución no es ni necesaria ni posible.

Nouveau Communisme France https://nouveaucommunismefrance.wordpress.com/

25 de octubre de 2026


* Marine Le Pen, del partido fascista Agrupación Nacional (Rassemblement National), y condenada por malversación de fondos del Parlamento Europeo, aprovechó de inmediato la situación, llamando a votar por ella en 2027. Uno de sus partidarios racistas, obsesionado con la inmigración, abrió fuego contra niños y otras personas negras o percibidas como de origen árabe el 23 de octubre, matando a un joven de 26 años, Pengo Bossio Wangi, en Trappes, cerca de París, lo que dio lugar a nuevas manifestaciones y homenajes a las víctimas.

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