
Luego de la instalación del nuevo Congreso, un trámite aparentemente burocrático como la elección de las mesas directivas de la Cámara de Representantes y el Senado de la República fue presentada como “la primera derrota del gobierno entrante de ADLE”.
Tras la victoria electoral de ADLE, el Centro Democrático, el partido de Uribe, fue el primero en declararse partido de gobierno, y fue a su vez el partido “gobiernista” que más curules obtuvo en el Congreso, lo que según una “tradición” politiquera tácita le daría el derecho a que el presidente del Senado sea elegido de entre sus filas, pero en esta ocasión ADLE decidió impulsar a otro senador, Alfredo Deluque, una supuesta “amistad de condominio” de ADLE y conocido defensor de los intereses de las grandes tecnológicas estadounidenses.
Uribe y el Centro Democrático vieron esta jugadita como un desplante que buscaba minar su “autoridad” dentro de las fuerzas de derecha y le apostó a conseguir los votos necesarios para poner a su candidato, por encima del que estaba impulsando ADLE. Finalmente, pudieron lograr ganar la presidencia del Senado al contar con el apoyo del Pacto Histórico, luego de que Petro llamara a votar disciplinadamente por el candidato de Uribe (su némesis o enemigo acérrimo hasta hace unas semanas).
Luego de la elección se vio a los congresistas del Pacto Histórico celebrando eufóricos al lado de los uribistas la elección del candidato del Centro Democrático. Tanto Petro como los congresistas petristas reiteraban que la decisión de apoyar al candidato uribista era “un voto contra el fascismo”. El Pacto Histórico declaró que “fue contra Abelardo (De la Espriella), contra el fascismo y sus abusos de poder en contra hasta de sus propios ‘aliados’”.

Hay quienes objetan que no es posible afirmar que va a haber un régimen fascista si ni siquiera ha empezado, y si bien es cierto que aún no se ha instalado tal régimen, también lo es que, aún sin instalarse su gobierno, De la Espriella ha mostrado sus rasgos fascistas, ha dejado claro que ve en Trump a un patrón a seguir, (tanto como jefe, como modelo) y detrás de su retórica de ir contra la “política tradicional” guarece un proyecto de impulsar una forma fascista de gobernar.
La caracterización de un régimen como fascista ha sido manoseada al punto de generar confusión sobre qué es y qué implica. El fascismo no es un insulto, ni se restringe solo a las “esvásticas” o “fasces” de los regímenes fascistas de los años treinta. El fascismo es una forma particular de ejercer el dominio de la clase burguesa, particularmente la dictadura abierta y sin ambages. El tratamiento de enemigo incluso al ala democrático-burguesa de las clases dominantes y el ver a la derecha uribista como parte de lo viejo, aunque sea su aliada, son algunos ejemplos de ello. Y, como acertadamente señala el líder revolucionario Bob Avakian: “Si bien es probable que [el fascismo] se movilice rápidamente para hacer cumplir ciertas medidas represivas para consolidar su gobierno, lo que es posible ver estudiando los ejemplos de la Alemania nazi y de la Italia bajo Mussolini, también es probable que un régimen fascista implemente su programa general por etapas”.
Sí, es posible ver desde ya la tendencia y el talante fascista del régimen entrante, y sí, es necesario combatir el fascismo. Pero la tendencia a reducir la lucha contra el fascismo a defender y conservar la estructura democrático-burguesa del estado capitalista, y a subordinarse a los intereses y programas de los sectores democrático-burgueses de la clase dominante son un callejón sin salida que no pueden oponerse al fascismo de la forma que se requiere, y que incluso en muchas ocasiones, lo legitiman.
La alianza entre petristas y uribistas, calificada por algunos como solo “circunstancial” o “táctica”, no tiene nada de oposición al fascismo, y la elección de Honorio Henríquez como presidente del Senado de ninguna manera representó una “derrota” para el nuevo gobierno. ADLE se mostró tranquilo y con aires de ganador en sus publicaciones de redes sociales posteriores a la elección de directivas del Congreso. Ve en Henríquez un aliado no solo ideológico (un antiderechos que se ha opuesto al aborto), que hizo campaña activa por él y que llegó a su curul como heredero político de su tío Miguel Pinedo Vidal, condenado por parapolítica.
El Centro Democrático ha reiterado que continuará siendo partido de gobierno y apoyará las iniciativas del nuevo gobierno, solo que ha dejado claro que hará respetar su puesto en la mesa dentro del sistema dominante y dentro de la derecha. Y además, ADLE ha dejado claro que su programa fascista irá con apoyo del Congreso o sin él y que impulsará sus reformas a punta de decretos.
Y el Pacto Histórico ha catalogado como una “victoria” la supuesta derrota de ADLE en este episodio. Como apuntaron algunos analistas, el propósito de los petristas en esta “alianza” aparentemente es hacerse con el control de la Comisión de Acusaciones para blindar judicialmente a Petro ante las previsibles persecuciones del nuevo régimen.
Todo esto, además de mostrar toda la basura de la política electoral burguesa, muestra nuevamente lo que el Pacto Histórico representa: el pragmatismo de taparse la nariz y unirse con sectores de la derecha cuando sea necesario, y deja claro la naturaleza y el enfoque que tales sectores de las clases dominantes tienen sobre “combatir el fascismo”: Aunque tengan contradicciones y se opongan a ciertas políticas y formas del nuevo régimen, están por defender “la institucionalidad” y el statu quo del sistema dominante. Su política (y su “antifascismo”) consiste en encausar la lucha dentro de los confines y límites de la política electoral burguesa, promoviendo la movilización política y social, no para oponerse al sistema de conjunto, el mismo que ha engendrado a las fuerzas fascistas a las que dicen oponerse, sino para buscar “capitalizar” el justo descontento e indignación de sectores del pueblo contra el fascismo como forma de fortalecerse como fuerza política dominante dentro del mismo marco burgués.
Buena parte de su estrategia del Pacto histórico y de la izquierda tradicional en general se basa en las ilusiones de que el péndulo vuelva hacia la izquierda en las próximas elecciones, y encaminan toda resistencia política al fascismo a este objetivo. Estos sectores políticos pueden contribuir a la lucha contra el fascismo, pero no dirigirán, ni pueden dirigir, esta lucha hacia donde tiene que ir. Es necesario emprender una lucha contra la consolidación del fascismo uniendo a todas las fuerzas que deben unirse, y al mismo tiempo, dando una lucha sobre por qué es imposible eliminar las causas subyacentes de este fascismo dentro de los confines de este sistema.
A todos aquellos que están justamente preocupados por lo que significaría el establecimiento de un régimen fascista, pero que no tienen ni idea de a qué se enfrentan realmente, a aquellos que tienen esperanzas en que las fuerzas dentro del marco de este sistema pueden liderar la lucha contra el fascismo: Estas palabras de la comunista revolucionaria Sunsara Taylor, también son aplicables aquí: “Si no quieres los campos de concentración, si no quieres una cultura de la violación, si no quieres el terror constante que ejerce la policía, si no quieres más guerras, si no quieres que se destruya el medio ambiente, esa preocupación tiene que impulsarte ahora a salir de la zona de confort en la que piensas que puedes arreglar este sistema y lanzarte a un cambio radical, a una verdadera revolución.”




