Grupo Comunista Revolucionario, Colombia | comrev.co | @ComRevCo | 1° de Mayo de 2026
Sí, el capitalismo llegó al mundo chorreando sangre y lodo por todos sus poros, pero esta violenta hemorragia de la acumulación originaria se repite en algunos momentos históricos, especialmente en momentos de graves crisis de acumulación como el actual.
El capitalismo, que se ha desarrollado en esta época en un sistema socioeconómico global —el imperialismo, basado en la explotación y opresión de miles de millones de personas, especialmente en el tercer mundo— y no solo es la causa fundamental del sufrimiento de la gran mayoría de la humanidad, de la actual emergencia climática (agravada por la anarquía de la producción capitalista y la feroz competencia por las ganancias sacadas de los combustibles fósiles), sino que en su inherente contienda entre potencias imperialistas, está llevando al mundo al filo del abismo, con el peligro (que no implica una certeza o un vaticinio) de un recrudecimiento de los conflictos interimperialistas que pueden desembocar incluso en una guerra nuclear.
El mundo hoy está más integrado en un único sistema global, y lo que pasa en una región geopolíticamente clave, como el Medio Oriente, puede ser mucho más determinante para el resto del planeta que muchas contradicciones o cuestiones “internas” de cada país o región. Estados Unidos ha fungido como la superpotencia dominante sin rival a su nivel desde hace más de tres décadas (tras el derrumbe de la Unión Soviética), pero en los últimos años ha enfrentado retos reales a su hegemonía, incluyendo el creciente desafío de China, país también capitalista imperialista que pretende correrle el butaco como la principal potencia dominante.
Ante la decadencia de Estados Unidos, el sector más reaccionario de la clase dominante imperialista estadounidense pretende hacer que “vuelva a tener grandeza” mediante una forma de gobierno fascista basada en el supremacismo blanco y masculino, la xenofobia, el fundamentalismo cristiano, el desprecio de la ciencia, la feroz destrucción del medio ambiente, haciendo trizas el estado de derecho, y manteniendo el rol de brutal agresor contra los pueblos del mundo, pero ahora con mayor desfachatez Además, para evitar el declive de su poder mundial —y para la consolidación de su “espacio vital”(el lebensraum de los nazis)—, debe afianzar su dominio sobre Oriente Medio y América Latina.
El objetivo de esta estrategia es reintegrar, o integrar más completamente, a Irán (y a América Latina) al circuito económico, político, militar y de seguridad bajo el control del gobierno estadounidense, distanciándolo así de su total dependencia de los imperialistas de China y Rusia. Sin embargo, el estímulo subyacente (o económico) de esta guerra es una crisis en la economía capitalista global que el capitalismo imperialista estadounidense ha exacerbado específicamente.
Es en ese contexto que el imperialismo estadounidense ha lanzado junto con Israel (además del genocidio en Palestina) la actual guerra contra Irán, ha agredido a países como Venezuela, asfixiado a Cuba, o amenazado (no solo con aranceles sino con guerra) a Colombia, México y muchos otros. Las amenazas de Trump de “volarlo todo y quedarse con el petróleo” y de destruir toda una civilización en una sola noche deben ser tomadas en serio. Han enfurecido y preocupado a mucha gente, pero no con la magnitud, la profundidad y la dirección (en los dos sentidos; el liderato y el rumbo) necesarias para detener la guerra y abrir el camino a la revolución, que es el único camino que puede poner fin a todas las guerras devastadoras del sistema capitalista-imperialista.
El ascenso del fascismo en Estados Unidos ha impactado al mundo no solo con la guerra directa sino con chantaje comercial y amenazas de agresiones militares para forzar la instalación o reforzamiento de regímenes proclives al imperialismo estadounidense, en particular en la región: tras Honduras, Argentina y Chile, en Colombia (mayo) y Brasil (octubre). En el caso de Colombia, en medio del más descarado despliegue del poder de las mafias y clanes regionales resultado de la simbiosis de la vieja clase dominante con las fuerzas emergentes —del contrabando, tráfico de drogas, tráfico de seres humanos, extorsión, minería “ilegal” y lavado de dinero—, el ambiente político en el país está caracterizado por una mayor polarización entre la “derecha” fascistoide y una “izquierda” a lo sumo liberal-socialdemócrata.
La derecha fascistoide, juega a dos bandas, tanteando cuál puede serle más provechosa: por una parte, intenta empaquetar el mismo programa reaccionario tradicional del uribato con una careta “más amable”, y por otra promueve un programa que emula las políticas fascistas de Trump, Milei o Bukele, defendiendo la violencia abierta, el populismo punitivo, dispuestos a saltarse todo “debido proceso” y el estado de derecho.
El “estallido” de descontento surgido tras más de ocho años de uribato, y otros ocho de gobiernos de “los que dijo Uribe”, reflejó la furia de un amplio sector del pueblo por el despotismo, la represión sistemática y la comisión y justificación de crímenes contra el pueblo, como el asesinato de miles de jóvenes que se ha hecho pasar como supuestas bajas en combate, “falsos positivos”, y creció el anhelo de cambios políticos. Gran parte de esta indignación fue canalizada en la elección de Petro, que se presentó como el primer gobierno “progresista” o “de izquierda” al frente del país. Y al término del gobierno, la consecución de algunas reformas (parcialmente positivas, pero exiguas), la insistencia en que “con cuatro años no basta” o que el “gobierno del cambio” no pudo hacer los cambios que pretendía “porque no lo dejaron” han llevado a que hoy un sector importante de los trabajadores organizados (en función de sus intereses individuales) ha volcado mucho más sus esperanzas y las de un sector importante de la sociedad en mantener en el poder político (a un nivel medianamente decisivo) a fuerzas de la llamada “izquierda” que juegan un papel desmovilizador respecto a la revolución, que es cada vez más necesaria (y posible).
Pese al trabajo ideológico de la derecha buscando alarmar afirmando que el gobierno de Petro iba a acabar con la “propiedad privada”, destruir la economía y a negarse a entregar el poder al finalizar el mandato, el mismo gobierno petrista se encargó de demostrar que no pretendía (ni podía) tocar los cimientos del mismo sistema capitalista existente en Colombia. Y aunque no es cierto que la derecha fascistoide y la izquierda petrista (o ahora cepedista) sean exactamente lo mismo, son sectores del mismo sistema, y las diferencias entre ellos son de matiz. Aunque no son lo mismo, si están por lo mismo. Ambos sectores son capitalistas. Cepeda dice abogar por un programa de “capitalismo productivo diverso” que aplique unas políticas de justicia social y equidad; y sus diferencias con las clases dominantes tradicionales no distan mucho de las diferencias que se daban hace un siglo dentro de las clases dominantes colombianas entre liberales y conservadores. Todo capitalismo necesita basarse en la explotación y la opresión de la mayoría trabajadora.
La izquierda petrista y cepedista aunque se presenta a sí misma como antiestablishment ha dejado claro que no están contra el sistema, sino contra los que no los dejan ser parte del sistema. Su proyecto político no va más a la izquierda del liberalismo de finales del siglo XIX de Aquileo Parra o Uribe Uribe, ni del liberalismo de comienzos del siglo XX como el de López Pumarejo (con ideas inspiradas en el New Deal de Roosevelt en Estados Unidos). El gobierno de Petro enarboló la lucha contra los “monopolios privados” y cárteles como una bandera clave de su gobierno, y lo presentó como algo “revolucionario”, pero esa política no va más allá del reformismo liberal de la ley Sherman de 1890 y la Clayton de 1914 en Estados Unidos contra los trust y monopolios. Y la disyuntiva política hoy se plantea entre la propuesta de la derecha de volver a un punto antes de eso, o no ir más allá de los planteamientos liberales de hace un siglo.
Si embargo, es necesario diferenciar entre las bases y los dirigentes, pero en función de dar lucha de ideas dentro de las bases, incluyendo contra un entendimiento distorsionado de muchos dentro de la izquierda que se basan en su visión chafarota de la “dictadura del proletariado” (de que no se acepta ningún tipo de disentimiento), que no le permite abordar la crítica, sino que solo se la enfrenta y castiga. Esto dista radicalmente del tipo de nueva sociedad que necesitamos construir, que aliente activamente el disentimiento y sea un ambiente de efervescencia de ideas. Además, es criminal como los dirigentes de esa llamada “izquierda” fomentan la ilusión de que a través de una lenta acumulación de luchas por reformas, es decir, con el reformismo como método, es posible lograr una sociedad realmente nueva, en función de cambios acordes a los intereses más fundamentales de las masas populares. Pero, lo cierto es que, mientras siga en pie este sistema,
• no se acabará la degradación, deshumanización y subyugación patriarcal de las mujeres;
• no se detendrá la destrucción ambiental (ni se dejará de ver a la naturaleza como una fuente de insumos para sacar ganancias);
• no podrán ser solucionados de manera definitiva y de raíz el empobrecimiento, el desempleo ni el hambre creciente que estos causan, ni la dolorosa degradación moral e intelectual a la que este sistema condena a muchas personas especialmente los jóvenes del pueblo;
• no cesarán la guerra contra el pueblo, las masacres, el desplazamiento forzado y la criminalización de los jóvenes;
• no parará la discriminación y la opresión de los pueblos indígenas y negros y el racismo y la xenofobia que se utilizan para justificar otros problemas como el desempleo y la pobreza;
• continuará el sofocamiento y la persecución al disentimiento y el pensamiento crítico y científico, y la promoción de todo tipo de superstición;
• seremos testigos vez tras vez de más guerras por imperio y de la profundización de la dominación imperialista y la dependencia alimentaria de los países bajo el yugo del imperialismo, como Colombia.
Poner un ALTO a esas ignominias es el tipo de cambio que más urgentemente se necesita, pero no es alcanzable sin derrocar este sistema, y construir en su lugar un sistema totalmente diferente, que se base en un modo de producción totalmente diferente, en el que la fuerza motriz no sea la compulsión por generar ganancias sino el poner al mando las capacidades humanas y productivas al servicio de los intereses de la humanidad y el planeta. Y esto solo puede hacer a través de una revolución REAL.
Para parafrasear al líder revolucionario Bob Avakian, las revoluciones se vuelven posibles, en el sentido más fundamental, como resultado de la intensificación de las contradicciones del sistema opresor …Y las perspectivas para una revolución dependen en gran medida de si las fuerzas conscientes para esta revolución no solo llevan a cabo un trabajo y lucha revolucionarios consecuentes, sino si reconocen —y sobre esa base actúan con audacia y con determinación con una fundamentación científica, para aprovechar al máximo— los puntos de inflexión cruciales y oportunidades muy poco comunes.
La crisis profunda en la sociedad y la incapacidad de las clases dominantes de seguir gobernando como antes son condiciones necesarias para una revolución, pero no bastan. Se requiere un pueblo revolucionario de millones decidido a romper con la lealtad a este sistema y una fuerza organizada y creciente, basada en el enfoque más científico para llevarla a cabo. Ambos factores están rezagados y es crucial transformarlos: mediante la lucha contra el sistema opresor y sus crímenes, y la lucha ideológica que amplíe el horizonte del pueblo más allá de los límites de este sistema, ganando incluso a los sectores pasivos a reconocer la necesidad y posibilidad de una verdadera revolución.
El factor subjetivo, las fuerzas de veras comunistas revolucionarias, trabajan en esa dirección, basadas en el método científico del nuevo comunismo de Bob Avakian, preparando al pueblo y forjando un movimiento que llegue a abarcar a millones en futuros “estallidos” esta vez revolucionarios. Una tarea nodal es transformar aspectos de la realidad objetiva, como lo que piensa la gente y el cambio de lealtad de sectores como los intelectuales, enfrentando la vieja traba de considerar que la realidad objetiva “viene dada”. Son muchas las tareas ¡Es necesario que cada vez más gente se una desde ya a la lucha verdaderamente antiimperialista y al movimiento para la revolución en construcción!
Contra el capitalismo-imperialismo que está confinando y forzando a la humanidad a marchar hacia el desastre: ¡Arrancar una revolución radicalmente emancipadora a esta locura! ¡Se necesita una revolución, y nada menos que eso!

